Hamlet
Hamlet GERTRUDIS.— Dulces dones a mi dulce amiga. [Esparce flores sobre el cadáver] Adiós. Yo deseaba que hubieras sido esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial, pero no tu sepulcro.
LAERTES.— ¡Oh! ¡Una y mil veces sea maldito aquel cuya acción inhumana te privó a ti del más sublime entendimiento!… No… Esperad un instante, no echéis la tierra todavÃa… No…, hasta que otra vez la estreche en mis brazos… [Métese en la sepultura] Echadla ahora sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el antiguo Pelión o sobre la azul extremidad del Olimpo, que toca los cielos.
HAMLET.— ¿Quién es el que da a sus penas idioma tan enfático? ¿El que asà invoca en su aflicción a las estrellas errantes, haciéndolas detenerse admiradas a oÃrle?… Yo soy Hamlet, prÃncipe de Dinamarca.
LAERTES.— El demonio lleve tu alma.
HAMLET.— No es justo lo que pides… Quita esos dedos de mi cuello, porque, aunque no soy precipitado ni colérico, algún riesgo hay en ofenderme y, si eres prudente, debes evitarlo. Quita de ahà esa mano.
CLAUDIO.— Separadlos.
GERTRUDIS.— ¡Hamlet! ¡Hamlet!
TODOS.— ¡Señores!
HORACIO.— Moderaos, señor.