Hamlet
Hamlet HORACIO.— No las recibiríais de su boca, aunque viviese todavía, que él nunca dio orden para tales muertes. Pero, puesto que vos, viniendo victorioso de la guerra contra Polonia, y vosotros, enviados de Inglaterra, os halláis juntos en este lugar y os veo deseosos de averiguar este suceso trágico, disponed que esos cadáveres se expongan sobre una tumba elevada a la vista pública, y entonces haré saber al mundo que lo ignora el motivo de estas desgracias. Me oiréis hablar (pues todo os lo sabré referir fielmente) de acciones crueles, bárbaras, atroces; sentencias que dictó el acaso, estragos imprevistos, muertes ejecutadas con violencia y aleve astucia, y al fin, proyectos malogrados, que han hecho perecer a sus autores mismos.

FORTIMBRÁS.— Deseo con impaciencia oíros, y convendrá que se reúna con este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin horror los dones que me ofrece la fortuna, pero tengo derechos muy antiguos a esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.
HORACIO.— También puedo hablar en ese propósito, declarando el voto que pronunció aquella boca que ya no formará sonido alguno… Pero, ahora que los ánimos están en peligroso movimiento, no se dilate la ejecución un instante sólo para evitar los males que pudieran causar la malignidad o el error.