Hamlet
Hamlet HAMLET.— ¿Por qué?
LA SOMBRA.— Yo soy el alma de tu padre, destinada por cierto tiempo a vagar de noche y aprisionada en fuego durante el dÃa hasta que sus llamas purifiquen las culpas que cometà en el mundo. ¡Oh! Si no me fuera vedado manifestar los secretos de la prisión que habito, pudiera decirte cosas que la menor de ellas bastarÃa a despedazar tu corazón, helar tu sangre juvenil, tus ojos, inflamados como estrellas, saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos, separarse, erizándose como las púas del colérico espÃn. Pero estos eternos misterios no son para los oÃdos humanos. Atiende, atiende, ¡ay! Atiende. Si tuviste amor a tu tierno padre…
HAMLET.— ¡Oh, Dios!
LA SOMBRA.— Venga su muerte; venga un homicidio cruel y atroz.
HAMLET.— ¿Homicidio?
LA SOMBRA.— SÃ, homicidio cruel, como todos lo son, pero el más cruel y el más injusto y el más aleve.
HAMLET.— Refiéremelo presto, para que con alas veloces, como la fantasÃa, o con la prontitud de los pensamientos amorosos, me precipite a la venganza.