Hamlet
Hamlet HAMLET.— Por eso como a un extraño debéis hospedarle y tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofÃa. Pero venid acá y, como antes dije, prometedme (asà el cielo os haga felices) que, por más singular y extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso juzgaré a propósito afectar un proceder del todo extravagante), nunca vosotros al verme asà daréis nada a entender, cruzando los brazos de esta manera o haciendo con la cabeza este movimiento, o con frases equÃvocas como: sÃ, sÃ, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos, si quisiéramos… si gustáramos de hablar, hay tanto que decir en eso, pudiera ser que… o en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante a estas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mÃ. Juradlo, asà en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.
LA SOMBRA.— Jurad.
HAMLET.— Descansa, descansa agitado espÃritu. Señores, yo me recomiendo a vosotros con la mayor instancia, y creed que por más infeliz que Hamlet se halle, Dios querrá que no le falten medios para manifestaros la estimación y amistad que os profesa. Vámonos. Poned el dedo en la boca, yo os lo ruego… La naturaleza está en desorden… ¡Iniquidad execrable! ¡Oh! ¡Nunca yo hubiera nacido para castigarla! Venid, vámonos juntos.