Hamlet

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POLONIO.— Sí, le conozco un poco; pero… (has de añadir entonces), pero no le he tratado. Si es el que yo creo, a fe que es bien calavera, inclinado a tal o tal vicio… y luego dirás de él cuanto quieras fingir; digo, pero que no sean cosas tan fuertes que puedan deshonrarle. Cuidado con eso. Habla sólo de aquellas travesuras, aquellas locuras y extravíos comunes a todos, que ya se reconocen por compañeros inseparables de la juventud y la libertad.

REINALDO.— Como el jugar, ¿eh?

POLONIO.— Sí, el jugar, beber, esgrimir, jurar, disputar, putear… Hasta esto bien puedes alargarte.

REINALDO.— Y aun con eso hay harto para quitarle el honor.

POLONIO.— No por cierto; además que todo depende del modo con que le acuses. No debes achacarle delitos escandalosos, ni pintarle como un joven abandonado enteramente a la disolución; no, no es esa mi idea. Has de insinuar sus defectos con tal arte que parezcan nulidades producidas de falta de sujeción y no otra cosa: extravíos de una imaginación ardiente, ímpetus nacidos de la efervescencia general de la sangre.

REINALDO.— Pero, señor…

POLONIO.— ¡Ah! Tú querrás saber con qué fin debes hacer esto, ¿eh?

REINALDO.— Gustaría de saberlo.


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