Hamlet
Hamlet HAMLET.— Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?
RICARDO.— Cierto que sÃ, y se hubieran burlado del mismo Hércules, con maza y todo.
HAMLET.— No es extraño. Ya veis mi tÃo, rey de Dinamarca. Los que se mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta, cincuenta y aun cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más que natural, si la filosofÃa pudiera descubrirlo.
GUILLERMO.— Ya están ahà los cómicos.
HAMLET.— Pues, caballeros, muy bien venidos a Elsingor; acercaos aquÃ, dadme las manos. Las señales de una buena acogida consisten por lo común en ceremonias y cumplimientos; pero, permitid que os trate asÃ, porque os hago saber que yo debo recibir muy bien a los cómicos, en lo exterior, y no quisiera que las distinciones que a ellos les haga pareciesen mayores que las que os hago a vosotros. Bienvenidos… Pero, mi tÃo padre, y mi madre tÃa, a fe que se equivocan mucho.
GUILLERMO.— ¿En qué, señor?
HAMLET.— Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.
Polonio y dichos.
POLONIO.— Dios os guarde, señores.
