Julio César
Julio César 
Roma. Habitación en casa de Antonio.
(Antonio, Octavio y Lépido, sentados alrededor de una mesa.)
ANTONIO.—Todos éstos, entonces, tienen que morir. Quedan sus nombres anotados.
OCTAVIO.—Es preciso que vuestro hermano muera bien. ¿ConsentÃs, Lépido?
LÉPIDO.—Consiento.
OCTAVIO.—Anotadlo, Antonio.
LÉPIDO.—Pero a condición de que no vivirá Publio, el hijo de vuestra hermana, Marco Antonio.
ANTONIO.—No vivirá. Mirad. Con esta señal le condeno. Mas id, Lépido, a casa de César, traed el testamento, y veremos el modo de suprimir alguna parte de los legados.
LÉPIDO.—¿Qué, os encontraré luego aqu�
OCTAVIO.—Aquà o en el Capitolio.
(Salé Lépido.)
ANTONIO.—Éste es un majadero, que sólo sirve para hacer recados. ¿Conviene que, dividido el mundo en tres partes, venga él a ser uno de los tres que ha de tener parte?
OCTAVIO.—Asà lo juzgasteis, y pedisteis su voto sobre quiénes debÃan ser anotados para morir, en nuestra negra lista de proscripción.
