La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— Para que no hubiera pantalla alguna entre el papel que representaba y la realidad del mismo, creyó necesario hacerse dueño absoluto de Milán. En cuanto a mÃ, pobre hombre…, mi biblioteca era un ducado suficientemente grande. Llegó a suponerme incapaz de ejercer la soberanÃa temporal. Confederado —tan sediento estaba de poder— con el rey de Nápoles, se obligó a pagarle un tributo anual, le rindió homenaje, sometió su coroneta a su corona y humilló el ducado, hasta entonces indomable —¡ay pobre Milán!—, bajo el más vergonzoso yugo.
MIRANDA.— ¡Oh cielos!
PRÓSPERO.— FÃjate bien en las condiciones y resultados de esta alianza. Dime ahora si este hombre es un hermano.
MIRANDA.— Fuera pecado dudar de la honradez de mi abuela. Virtuosas matrices han producido perversos vástagos.