La tempestad

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FERNANDO.— En efecto, mis espíritus, como en un sueño, parecen hallarse encadenados. La pérdida de mi padre, la debilidad que experimento, el naufragio de todos mis amigos o las amenazas de este hombre a quien estoy esclavizado, no serían nada si desde mi prisión, una vez al día pudiera contemplar a esta virgen. ¡Qué importa ser libre en todos los demás rincones de la tierra! ¡Yo gozaría de espacio suficiente en semejante prisión!

PRÓSPERO.— (Aparte.) La cosa marcha. (A FERNANDO.) Vamos. (A ARIEL.) ¡Qué bien has cumplido con tu misión, arrogante Ariel! (A FERNANDO.) Sígueme. (A ARIEL.) Escucha lo que tengo que mandarte aún.

MIRANDA.— (A FERNANDO.) Serenaos. Mi padre es de mejores sentimientos que lo que aparentan sus palabras, señor. En este instante cede a un humor no habitual en él.

PRÓSPERO.— Serás tan libre como los vientos de la montaña; pero cumple ahora punto por punto lo que te ordene.

ARIEL.— Al pie de la letra.

PRÓSPERO.— (A FERNANDO.) Vamos, sígueme. (A MIRANDA.) No intercedas por él. (Salen.)


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