La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REY RICARDO: Escuchad: lo hecho no puede repararse. El hombre comete algunas veces, sin reflexionar, acciones de que más tarde tiene que arrepentirse. Si he arrebatado el reino a vuestros hijos, quiero, en reparación, entregarlo a vuestra hija. Si hice perecer los frutos de vuestro seno, para resucitar vuestra prosperidad, engendraré en vuestra hija una estirpe de vuestra sangre. El nombre de abuela no es menos dulce que el tierno de madre. Ellos serán igualmente vuestros hijos, en menor grado; pero hijos de vuestro temple, de vuestra sangre. Un mismo dolor los habrá enviado al mundo, añadiendo sólo una noche de sufrimientos, que durará por la misma pena que vos sufristeis. Vuestros hijos han logrado vuestra juventud; los míos serán el consuelo de vuestra vejez. La pérdida que deploráis no es otra que la de un hijo rey, y por esta pérdida vuestra hija será reina. No puedo ofreceros cuantas compensaciones quisiera; aceptad, pues, las que os propongo. Dorset, vuestro hijo, que ha ido a ocultar su descontento a tierra extranjera, podrá, merced a esta alianza, volver a sus lares y alcanzar las más elevadas dignidades y la más brillante fortuna. El rey, que nombrará a vuestra bella hija su esposa, dará familiarmente a vuestro Dorset el título de hermano. Vos seréis todavía la madre de un rey; y todas las ruinas de una época de desgracia serán reparadas con el tesoro de una doble felicidad. ¡Qué! ¡Aún nos quedan hermosos días que vivir! Las líquidas gotas de lágrimas que habéis vertido serán otra vez transformadas en perlas de Oriente, pagando su usura con un interés de felicidad diez veces mayor. Ve, pues, madre mía, a buscar a tu hija; enardece, por tu experiencia, su tímida juventud; prepara sus oídos para escuchar los juramentos de un enamorado; inflama su tierno corazón con el deseo ambicioso de la dorada soberanía; revela a la princesa la dulzura de esa horas silenciosas del matrimonio feliz. Y cuando este brazo haya castigado a ese pequeño rebelde, a ese versátil Buckingham, volveré cubierto de triunfantes guirnaldas y conduciré a tu hija al lecho de un vencedor. A ella es a quien haré homenaje de mis éxitos y mis conquistas, y ella sola será victoriosa, el César del César.


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