La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REY EDUARDO: ¿Ha pronunciado mi lengua la sentencia de muerte de mi hermano, y se quiere que esta misma lengua perdone a un siervo? ¡Mi hermano no había matado a nadie! ¡Su crimen fue pensar, y, no obstante, su castigo ha sido la muerte feroz! ¿Quién intercedió por él? ¿Quién, en mi desesperación, se puso de hinojos y me invitó a que reflexionara? ¿Quién me habló de fraternidad? ¿Quién de amor? ¿Quién me recordó cuando el pobre, abandonó al fiero Warwick para combatir por mí? ¿Quién me recordó que en los campos de Tewksbury, cuando Oxford me había derribado, él me salvó la vida y dijo: ¡Querido hermano, vive y sé rey!? ¿Quién me recordó cuando, tendidos ambos en tierra, casi muertos de frío, él me envolvió en sus ropas y se expuso, todo desnudo y débil, a la inclemencia de la noche glacial? ¡Todo esto había desaparecido criminalmente de mi memoria por mi furia desesperada, y ninguno de vosotros tuvo la caridad de recordármelo! Pero cuando uno de vuestros palafreneros o de vuestros lacayos ha cometido un asesinato en la embriaguez y desfigurado la preciosa imagen de nuestro Redentor, heos aquí correr a mis plantas con ¡Perdón, perdón! Y yo, injustamente también, debo concedéroslo… Mas por mi hermano nadie quiso hablar; ni yo mismo, ¡ingrato!, pedí por el pobre de mi alma. Los más altaneros de todos vosotros erais sus obligados en vida ¡Y ninguno de vosotros quiso interceder por esa vida! ¡Oh Dios, temo que tu justicia caiga sobre mí, sobre vosotros, sobre los míos y sobre los vuestros por esta acción! Ven, Hastings, ayúdame a ir a mi cámara. ¡Ah! ¡Pobre Clarence!…


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