Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor APRISA.—Y por cierto, señor, que es bella y gentil y honrada; y, lo diré de paso, buena amiga vuestra, gracias sean dadas al cielo.
FENTON.—¿Te parece que haré cosa de provecho? ¿No perderé mi tiempo en cortejarla?
APRISA.—En verdad, señor, que todo depende de la voluntad del que está arriba; pero puedo jurar sobre un libro, que os ama. ¿No tiene vuestra señorÃa un pequeño lunar encima del ojo?
FENTON.—Ciertamente que si. ¿Y bien?
APRISA.—Pues en ello hay todo un cuento. ¡Qué alegre humor el de Ana! Pero ¡jamás probó pan una doncella más honesta! Una hora entera hablamos ayer de ese lunar. Estoy seguro de que nadie sino ella serÃa capaz de hacerme reÃr. Pero, en verdad, es muy propensa a la melancolÃa y los ensueños; a no ser por vos. Bien; adelante.
FENTON.—Bueno. La veré hoy. He aquà un poco de dinero para ti. Háblale en favor mÃo, y si la ves antes que yo, salúdala a mi nombre.
APRISA.—¿Que si lo haré? Ya lo creo que sÃ. Y diré a vuestra señorÃa algo más sobre el lunar la próxima vez que podamos hablar confidencialmente; y también de otros pretendientes.
FENTON.—Bien: adiós. Estoy muy deprisa en este momento.
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