Las alegres comadres de Windsor

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SLENDER.—¡Ah, dulce Ana Page!

PAGE.—Dios os guarde, buen señor Hugh.

EVANS.—Él os bendiga a todos por su misericordia.

POCOFONDO.—¡Qué! ¿La espada y la palabra? ¿Estudiáis una y otra, señor cura?

PAGE.—¿Y todavía andáis en cuerpo, como un jovencito, en un día tan crudo y reumático?

EVANS.—Hay motivos y razones para ello.

PAGE.—Hemos venido a encontraros, señor cura, con ánimo de hacer una buena acción.

EVANS.—Muy bien. ¿Cuál es?

PAGE.—Allá hay un venerable caballero, que juzgándose ofendido por alguna persona, está en la más terrible lucha que se pueda ver con su propia gravedad y paciencia.

POCOFONDO.—Ochenta y pico de años he vivido, y nunca he visto a hombre de su posición, gravedad y saber, tan celoso de su propio respeto.

EVANS.—¿Quién es?

PAGE.—Pienso que le conocéis. Es el señor doctor Caius, el reputado médico francés.

EVANS.—¡Por Dios y todos los santos del cielo! ¡Preferiría hablar de un hervido de coles!

PAGE.—¿Por qué?


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