Las alegres comadres de Windsor

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POSADERO.—Paz, digo. ¡Decid si el posadero de la Liga no es un político sutil, si no es un Maquiavelo! ¿Perderé a mi médico? ¡No! Él es quien me da las pociones y mociones. ¿Perderé a mi cura?, ¿a mi sacerdote?, ¿a mi amigo Hugh? No. Él me da los proverbios y los paternoster. Dame tu mano, hombre terreno, así. Dadme la tuya, hombre místico, así. No sois más que niños en la astucia. Os he engañado a ambos, dirigiéndoos a diferentes lugares para que no pudierais encontraros. Vuestros corazones están llenos de vigor, vuestros cuerpos ilesos, y el desenlace debe ser una libación de vino jerez. ¡Ea!, guárdense esas armas para empeño. Sígueme, hombre de paz. Seguidme, seguidme.

POCOFONDO.—Contad conmigo, huésped. Seguid, caballeros, seguid.

SLENDER.—¡Oh dulce Ana Page!

Salen Pocofondo, Slender, Page y el posadero

CAIUS.—¡Ah, ya caigo en cuenta. Nos ha hecho pasar por un par de tontos!, ¡ah!, ¡ah!

EVANS.—Está muy bien. Se ha reído de nosotros. Deseo que vos y yo seamos amigos, y vamos concertando juntos el modo de vengarnos de este despreciable, sarnoso y tahúr compañero, el posadero de la Liga.

CAIUS.—¡Por Cristo! Con todo mi corazón. ¡Me prometió conducirme a donde Ana Page y también me ha engañado!


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