Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Cuarto en la posada de la Liga
Entran FALSTAFF Y BARDOLFO
FALSTAFF.—Bardolfo, escucha.
BARDOLFO.—¿Señor?
FALSTAFF.—Ve a traerme una pinta de Jerez, y una tostada. (Sale Bardolfo.) ¿Y es posible que haya vivido yo para ver el dÃa en que habÃan de llevarme en un canasto como un montón de desecho de carnicero, y arrojarme al rÃo? Por mi alma, que si vuelvo a sufrir chasco semejante, he de hacer que mis sesos sirvan para comida de perros el dÃa de año nuevo. Los pillastres, para echarme al Támesis no tuvieron más remordimiento que si se tratara de los cachorros recién nacidos de una perra, con los ojos cerrados. Y por mi tamaño es fácil ver que tengo gran propensión a sumergirme. Si el fondo del rÃo fuera tan hondo como el infierno, creo que irÃa hasta el fondo. A no haber sido tan poco profunda la margen, de seguro que me habrÃa ahogado: género de muerte que detesto, porque el agua hace que el cuerpo se hinche ¡y qué cuerpo serÃa el mÃo si se hinchara! ¡Vaya!, ¡una momia como una montaña!
Vuelve a entrar Bardolfo, con el vino
BARDOLFO.—Señor, aquà está la señora Aprisa, que viene a hablaros.
