Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces JardÃn de Leonato.
Entran BENEDICTO y MARGARITA por lados opuestos.
BENEDICTO.— Te ruego, querida señorita Margarita, que te hagas acreedora a mi gratitud, ayudándome a hablar con Beatriz.
MARGARITA.— ¿Me escribiréis, entonces, un soneto en elogio de mi belleza?
BENEDICTO.— En estilo tan elevado, Margarita, que ningún hombre viviente quedará por encima; pues, a decir verdad, bien lo mereces.
MARGARITA.— ¡No tener ningún hombre encima! ¡Cómo! ¿Habrá de quedar siempre debajo?
BENEDICTO.— Tu ingenio es tan listo como la boca del galgo: las coge al vuelo.
MARGARITA.— Y el vuestro tan embotado como un florete de esgrima, que toca, pero no hiere.
BENEDICTO.— Ingenio varonil, Margarita, que no se atreve a herir a una mujer; y con esto te ruego que llames a Beatriz. Te rindo los broqueles.
MARGARITA.— Dadnos las espadas, que tenemos broqueles naturales.
BENEDICTO.— Si los usáis, Margarita, debéis cogerlos por el asa en la cazoleta; y son armas peligrosas para las doncellas.
MARGARITA.— Bien; llamaré a Beatriz, que supongo tiene piernas.
