Mucho ruido y pocas nueces

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Escena II

Jardín de Leonato.

Entran BENEDICTO y MARGARITA por lados opuestos.

BENEDICTO.— Te ruego, querida señorita Margarita, que te hagas acreedora a mi gratitud, ayudándome a hablar con Beatriz.

MARGARITA.— ¿Me escribiréis, entonces, un soneto en elogio de mi belleza?

BENEDICTO.— En estilo tan elevado, Margarita, que ningún hombre viviente quedará por encima; pues, a decir verdad, bien lo mereces.

MARGARITA.— ¡No tener ningún hombre encima! ¡Cómo! ¿Habrá de quedar siempre debajo?

BENEDICTO.— Tu ingenio es tan listo como la boca del galgo: las coge al vuelo.

MARGARITA.— Y el vuestro tan embotado como un florete de esgrima, que toca, pero no hiere.

BENEDICTO.— Ingenio varonil, Margarita, que no se atreve a herir a una mujer; y con esto te ruego que llames a Beatriz. Te rindo los broqueles.

MARGARITA.— Dadnos las espadas, que tenemos broqueles naturales.

BENEDICTO.— Si los usáis, Margarita, debéis cogerlos por el asa en la cazoleta; y son armas peligrosas para las doncellas.

MARGARITA.— Bien; llamaré a Beatriz, que supongo tiene piernas.


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