Mucho ruido y pocas nueces

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BORACHIO.— Dos de ellos lo creyeron; pero el diablo de mi amo sabía que era Margarita; y en parte por los juramentos con que los había ya embaucado, en parte por la oscuridad de la noche, que los ofuscó; pero sobre todo por mi villanía, que confirmó cierta calumnia inventada por don Juan, lo cierto es que Claudio salió de allí enfurecido; juró que se reuniría con ella, según estaba acordado, a la mañana siguiente, en el templo, y que allí, ante toda la concurrencia, la avergonzaría con lo que había visto la noche anterior y la enviaría de nuevo a su casa sin marido.

GUARDIA PRIMERO.— ¡En nombre del príncipe, daos presos!

GUARDIA SEGUNDO.— Avisad al señor alguacil mayor. Hemos descubierto aquí la más peligrosa obra de libertinaje que se ha cometido jamás en el Estado.

GUARDIA PRIMERO.— Y anda en ello un tal Deforme. Le conozco; lleva un rizo...

CONRADO.— ¡Señores, señores!

GUARDIA SEGUNDO.— Ya daréis noticias de ese Deforme, os aseguro.

CONRADO.— Pero señores...

GUARDIA PRIMERO.— Ni una palabra. Os intimidamos a que os dejéis obedecer y nos sigáis.

BORACHIO.— ¡Es posible que resultemos una excelente mercancía, habiendo sido adquiridos por los chuzos de hombres como éstos!


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