Otelo
Otelo ¡Ah, Desdémona, vete, vete, vete!
DESDÉMONA
¡Dios bendito! ¿Por qué lloras?
¿Soy yo la causa de tus lágrimas, señor?
Si acaso sospechas que mi padre
intervino en tu orden de regreso,
a mí no me culpes. Si tú le perdiste,
yo también le perdí.
OTELO
Si los cielos me hubieran puesto a prueba
con padecimientos, vertiendo sobre mí
toda suerte de angustias y deshonras,
sumiéndome hasta el labio en la miseria,
cautivos mis afanes y mi ser,
habría hallado una gota de paciencia
en alguna parte de mi alma. Pero, ¡ay, convertirme
en el número inmóvil que la aguja
del escarnio señala en su curso imperceptible!
Aun eso podría soportar, aun eso.
Mas del ser en que he depositado el corazón,
que me da vida y, si no, sería mi muerte,
del manantial de donde brota o se seca
mi corriente, ¡verme separado
o tenerlo como ciénaga de sapos inmundos
que se juntan y aparean…! Palidece de verlo,
paciencia, tierno querubín de labios rosados.