Romances
Romances HELENA ¡Ah, si eso fuera todo! No pienso en mi padre, pero estas grandes lágrimas honran su recuerdo más que las que vertà por él. ¿Cómo era? Le he olvidado. Mi imaginación no lleva en sà otro rostro que el de Bertrán. Estoy perdida, no hay vida si Bertrán no está. SerÃa lo mismo que si amara a una clara estrella determinada y pensara en casarme con ella: tan por encima de mà está. Debo contentarme en su clara irradiación y en su luz difundida, no en su órbita. La ambición de mi amor se castiga a sà misma de ese modo: la cierva que quisiera unirse al león tendrÃa que morir por el amor. Era hermoso, aunque un dolor, verle a todas horas, y, sentada, dibujar sus arqueadas cejas, sus ojos de halcón, sus rizos, en la tabla de mi corazón; un corazón demasiado impresionable a todas las lÃneas y rasgos de su dulce rostro. Pero ahora se ha ido, y mi fantasÃa idólatra debe santificar sus reliquias. ¿Quién viene aquÃ?
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Uno que se va con él; le quiero por él, y sin embargo sé que es un famoso embustero, y le considero muy loco, y un cobarde absoluto, pero esos males empedernidos se le ajustan tan bien que encuentran aceptación, mientras los acerados miembros de la Virtud quedan desolados en el frÃo viento. AsÃ, muchas veces vemos a la frÃa sabidurÃa sirviendo a la locura en abundancia.
PAROLES Salve, hermosa reina.