Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

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¿Quieres dejarme ya? Aún dista el amanecer: fue la voz del ruiseñor y no la de la alondra la que penetró en tu alarmado oído. Todas las noches canta sobre aquel granado. Créeme, amor mío, fue el ruiseñor.

ROMEO

Era la alondra, la anunciadora del día, no el ruiseñor. Mira, mi bien, esos celosos resplandores que orlan, allá en el Oriente, las nubes crepusculares: las antorchas de la noche se han extinguido y el riente día trepa a la cima de las brumosas montañas. Tengo que partir y conservar la vida, o quedarme y perecer.

JULIETA

Esa luz no es la luz del día, estoy segura, lo estoy: es algún meteoro que exhala el sol, para que te sirva de hachero esta noche y te alumbre en tu ruta hacia Mantua. Demórate, así, algo más; no tienes precisión de marcharte.

ROMEO

Que me sorprendan, que me maten, satisfecho estoy con tal que tú lo quieras. No, ese gris resplandor no es el resplandor matutino, es sólo el pálido reflejo de la frente de Cintia; no, no es la alondra la que hiere con sus notas la bóveda celeste a tan inmensa altura de nosotros. Más tengo inclinación de quedarme que voluntad de irme. Ven, muerte; ¡bienvenida seas! Así lo quiere Julieta. ¿Qué dices, alma mía? Platiquemos; la aurora no ha lucido.


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