Romeo y Julieta
Romeo y Julieta El que muerto ves ahí, Tybal, acabado por la mano de Romeo. Romeo le habló con dulzura, le suplicó que pesase lo fútil de la cuestión, le hizo fuerza también con vuestro sumo coraje. Todo esto, dicho en tono suave, con mirada tranquila, en la humilde actitud de un suplicante, no consiguió aplacar la indómita saña de Tybal, que, sordo a la paz, asesta el agudo acero al pecho del bravo Mercucio: éste, tan lleno como él de fuego, opone a la contraria su arma mortífera, y con un desdén marcial, ya aparta de sí la muerte con una mano, ya la envía con la otra a Tybal, cuya destreza la rechaza a su vez. Romeo grita con fuerza: ¡Deteneos, amigos! ¡Amigos, apartad! y con brazo ágil y más pronto que su palabra, dando en tierra con las puntas homicidas, se precipita entre los contendientes; pero una falsa estocada de Tybal se abre camino bajo el brazo de Romeo y acierta a herir mortalmente al intrépido Mercucio. El matador huye acto continuo; mas vuelve a poco en busca de Romeo, en quien acababa de nacer el afán de venganza, y uno y otro se embisten como un relámpago: tan es así, que antes de poder yo tirar mi espada para separarlos, el animoso Tybal estaba muerto. Al verle caer, su adversario escapó. Si ésta no es la verdad, que pierda la vida Benvolio.
LADY CAPULETO