Romeo y Julieta
Romeo y Julieta Galopad, galopad, corceles de flamÃgeros cascos hacia la mansión de Febo: un cochero tal como Faetón os lanzarÃa a latigazos en dirección al Poniente y traerÃa inmediatamente la lóbrega noche. Extiende tu denso velo, noche protectora del amor, para que se cierren los errantes ojos y pueda Romeo, invisible, sin que su nombre se pronuncie, arrojarse en mis brazos. La luz de su propia belleza basta a los amantes para celebrar sus amorosos misterios; y, dado que el amor sea ciego, mejor se conviene con la noche. Ven, noche majestuosa, matrona de simples y sólo negras vestiduras; enséñame a perder, ganándola, esta partida en que se empeñan dos virginidades sin tacha. Cubre con tu negro manto mis mejillas, do la inquieta sangre se revuelve, hasta que el tÃmido amor, ya adquirida confianza en los actos del amor verdadero, sólo vea pura castidad. ¡Ven, noche! ¡Ven, Romeo! Ven, tú, que eres el dÃa en la noche; pues sobre las alas de ésta aparecerás más blanco que la nieve recién caÃda sobre las plumas de un cuervo. Ven, tú, la de negra frente, dulce, amorosa noche, dame a mi Romeo; y cuando muera, hazlo tuyo y compártelo en pequeñas estrellas: la faz del cielo será por él tan embellecida que el mundo entero se apasionará de la noche y no rendirá más culto al sol esplendente. ¡Oh! He comprado un albergue de amor, pero no he tomado posesión de él, y aunque tengo dueño, no me he entregado aún. Tan insufrible es este dÃa como la tarde, vÃspera de una fiesta, para el impaciente niño que tiene un vestido nuevo y no puede llevarlo. ¡Oh! ahà llega mi nodriza.