Trabajos de amor perdidos

Trabajos de amor perdidos

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PRINCESA.—El orgullo hace con celo cuanto le agrada, y el vuestro no digamos… (Sale BOYET.) ¿Quiénes son, mis queridos señores, esos caballeros que han hecho voto de permanecer en compañía de este virtuoso duque?

PRIMER SEÑOR.—Uno de ellos es Longaville.

PRINCESA.—¿Conocéis al personaje?

MARÍA.—Yo le conozco, señora. En las bodas del señor Perigord y de la hermosa heredera de Jaime Falconbridge, celebradas en Normandía, vi a ese Longaville. Es hombre de excelente reputación y dotes, muy conocedor de las artes y glorioso en la carrera de las armas. No haya entuerto que no quisiera enderezar. La única mancha que empaña el brillo de su virtud acrisolada —si es que el resplandor de la virtud puede empañarse con mancha alguna— es su espíritu cáustico, combinado con una voluntad demasiado terca, espíritu cuyo acerado filo corta cuanto cae en su poder, y voluntad que no perdona nada de cuanto se ofrece bajo su acción.

PRINCESA.—Será alguno de esos tipos que se burlan a expensas del prójimo, ¿no es verdad?

MARÍA.—El chistoso más divertido que pueda darse, según sus íntimos.

PRINCESA.—Esos ingenios tan agudos se marchitan y mueren pronto. ¿Quiénes son los demás?


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