Cuentos goticos
Cuentos goticos Me cansé de eso. De repente le hice una visita al marqués. Se hallaba en su villa, una de las tantas que se extienden por los alrededores de San Piero d’Arena. Era el mes de mayo —un mes de mayo en el jardÃn del mundo—: los capullos de los árboles frutales perdiéndose entre el follaje verde y denso; las parras dando sus frutos; el suelo recubierto con las flores del olivo; las luciérnagas en los setos de mirto… el cielo y la tierra lucÃan un manto de insuperable belleza. Torella me recibió con una calurosa bienvenida, aunque seria; e incluso esa sombra de desagrado que exhibÃa pronto se desvaneció. Algún parecido con mi padre, algún rasgo de ingenuidad infantil que aún acechaba en su interior a pesar de mi comportamiento, ablandaron el corazón del buen anciano. Envió a buscar a su hija y me presentó a ella como su prometido. Cuando entró, la estancia se iluminó con una luz sagrada. En ella anidaba el aspecto del querubÃn, esos ojos grandes y suaves, las mejillas con hoyuelos y la boca de infantil dulzura que expresan esa rara unión de felicidad y amor. Primero me poseyó la admiración; ¡es mÃa!, fue la segunda emoción orgullosa, y mis labios se alzaron con altivo triunfo. Yo no habÃa sido el enfant gâté de las bellezas de Francia como para no haber aprendido el arte de complacer el corazón blando de una mujer. Si hacia los hombres era altanero, la deferencia con que trababa a las mujeres producÃa mayor contraste. Comencé mi cortejo a Juliet con mil galanterÃas, que, jurada a mà desde la infancia, jamás habÃa concedido dicha devoción a otros, y, aunque acostumbrada a las expresiones de admiración, no estaba iniciada en el lenguaje de los amantes.