Cuentos goticos

Cuentos goticos

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»Pero, de repente, la sensación tan terrible para la mente humana de absoluta soledad operó un cambio nuevo en mi corazón. Recordé como si fuera ayer todos los espectáculos que me había presentado la antigua Roma. Sentado bajo uno de los arcos del edificio, con la cara oculta entre las manos, reviví en mi imaginación el recuerdo de lo que había dejado cuando por última vez perdí la visión de la luz del día. Había dejado a los cónsules en pleno disfrute de poder. Unos años antes, el Imperio, desgarrado por Mario y Sulla y careciendo del apoyo de la virtud de una mano protectora, parecía al borde mismo de ser sojuzgado. Pero durante mi vida se había levantado un nuevo espíritu: los hombres otra vez se sentían vivificados por la llama sagrada que ardía en las almas de Camilo y Fabricio, y me llenó de gozo ser amigo de Cicerón, Catón y Lúculo. Los más jóvenes, los hijos de mis amigos, Bruto, Casio, se alzaban con la promesa de igual virtud. Cuando morí, estaba poseído por la fuerte convicción de que, como la filosofía y las letras se hallaban unidas a una virtud sin igual en la tierra, Roma se acercaba a la perfección desde la cual no existía la caída; que, aunque los hombres aún experimentaban miedo, se trataba de un temor sano que les despertaba a la acción y al triunfo mejor garantizado del Bien.



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