Cuentos goticos
Cuentos goticos Entonces yo era muy joven —muy pobre— y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año el pupilo de Cornelius, aunque me encontraba ausente cuando este accidente tuvo lugar. Al regresar, mis amigos me imploraron que no me quedara en la morada del alquimista. Temblé mientras escuchaba la terrible historia que me narraron; no me hizo falta una segunda advertencia. Y cuando Cornelius llegó y me ofreció una bolsa de oro si permanecía bajo su techo, sentí como si el mismo Satanás me estuviera tentando. Me castañetearon los dientes, el pelo se me puso de punta y corrí a la velocidad que me lo permitieron las débiles rodillas.