El último hombre
El último hombre Debíamos promocionar a nuestro candidato, persuadir a Raymond para que se presentara ante los electores la tarde siguiente. Él se mantuvo obstinado largo rato. Se montaría en un globo; navegaría hasta un confín lejano del mundo, donde su nombre y su humillación no se conocieran. Pero todo fue inútil. Su candidatura ya se había registrado; su propósito, dado a conocer al mundo. Su vergüenza jamás se borraría del recuerdo de los hombres. Era preferible fracasar tras someterse al combate que huir ahora, al inicio de su empresa.