El último hombre
El último hombre Aunque al tener conocimiento de semejante plan me sentí ofendido en gran manera por lo poco que Raymond había tenido en cuenta los sentimientos de mi hermana, pasado el tiempo reflexioné y pensé que en realidad había actuado bajo el peso de tal excitación que no pensaba en lo que hacía y que, por tanto, debía quedar exento del peso de la culpa. Si nos hubiera permitido ser testigos de su agitación, se habría hallado más bajo la guía de la razón; pero su empeño en mantener la compostura actuaba con tal violencia sobre sus nervios que destruía su capacidad de autodominio. Estoy convencido de que, en el peor de los casos, habría regresado desde la costa para despedirse de nosotros y hacernos partícipes de sus planes. Pero la tarea que impuso a Perdita no era menos dolorosa. Había obtenido de ella promesa de mantener el secreto, y su papel en el drama, que debía representar sola, debía de causarle una agonía inimaginable. Pero debo regresar a mi relato.