El último hombre

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De pronto se hallaba en sus brazos. El conocimiento de su éxito había impregnado su ser hasta tal punto, que a Raymond no le pareció necesario transmitir la noticia a su amada. Ella sólo sintió en su abrazo la seguridad de que, mientras él la poseyera, no desesperaría.

-Qué bueno eres -exclamó ella-. Qué noble, mi amado. No temas la desgracia ni los reveses de la fortuna mientras estés con tu Perdita. No temas la tristeza mientras nuestra hija viva y sonría. Vayamos donde tú quieras. El amor que nos acompaña ahuyentará nuestros pesares.

Rodeada por sus brazos habló de ese modo, y echó hacia atrás la cabeza en busca de un asentimiento a sus palabras en los ojos de su esposo. Y vio que éstos lanzaban destellos de alegría.

-¿Cómo decís, pequeña Protectora? -preguntó él, burlón-. ¿Qué es lo que habláis? ¿Qué oscuros planes de exilios y tinieblas has urdido, cuando una tela más brillante, tejida con hilos de oro, es la que, en verdad, deberías estar contemplando?

Raymond le besó la frente, pero ella, lamentando a medias su triunfo, agitada por tantos cambios súbitos en su pensamiento, ocultó el rostro en su pecho y lloró. Él la consoló al momento, le transmitió sus propias esperanzas y deseos, y el rostro de Perdita no tardó en iluminarse. ¡Qué felices fueron esa noche! ¡Cómo rebosaba su alegría!


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