El último hombre

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Tras dejar a nuestro amigo instalado en su nuevo puesto, volvimos los ojos hacia Windsor. Su cercanía de Londres atenuaba el dolor de tener que separarnos de Raymond y Perdita. Nos despedimos de ellos en el palacio del Protectorado. Me impresionó bastante ver a mi hermana tratando de interpretar su papel, intentando ocupar su nuevo cargo con su acostumbrada dignidad. Su orgullo interior y su sencillez de modales se hallaban, más que nunca, en guerra. Su timidez no era un rasgo artificial, surgía del temor a no ser lo bastante apreciada, de cierta conciencia de la indiferencia con que la trataba el mundo, que también caracterizaba a Raymond. Pero ella pensaba en los demás con más insistencia que él, y parte de su retraimiento nacía del deseo de extraer de quienes la rodeaban un sentimiento de inferioridad, un sentimiento que a ella no se le pasaba por la cabeza. A causa de su cuna y de su educación, Idris hubira estado mejor capacitada para las actividades ceremoniales, pero la naturalidad con que ella acompañaba tales acciones, surgida del hábito, se las hacía tediosas, mientras que, a pesar de todas las dificultades, no había duda de que Perdita disfrutaba de su posición. Estaba demasiado llena de nuevas ideas como para sentir pesar cuando nos dijimos adiós. Se despidió de nosotros afectuosamente y prometió acudir a visitarnos pronto. Pero no lamentaba las circunstancias causantes de nuestra separación. Raymond se mostraba exultante: no sabía qué hacer con el poder recién adquirido. Mil planes bullían en su mente, aunque todavía no había decidido poner ninguno en práctica. Con todo, se prometía a sí mismo, y prometía a sus amigos y al mundo entero, que su Protectorado estaría marcado por algún acto de inigualable gloria. Así, menguados en número, conversando sobre ello, regresamos al castillo de Windsor. Nos alegraba enormemente alejarnos del tumulto político que dejábamos atrás, y anhelábamos volver a nuestras soledades con energías redobladas. No echábamos de menos las ocupaciones. En mi caso, mis intereses se centraban exclusivamente en el ejercicio intelectual. Había descubierto que el estudio serio era una excelente medicina para curar las fiebres del espíritu que, de haberme mantenido indolente, sin duda me hubieran asaltado. Perdita nos había permitido llevarnos a Clara al castillo, y ella y mis dos preciosos hijos eran motivo de interés y distracción permanentes.


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