El último hombre
El último hombre Durante los primeros meses de Protectorado, Raymond y ella habían sido inseparables. Él le pedía opinión sobre todos los proyectos y todos los planes debían ser aprobados por ella. Jamás vi a nadie más feliz que mi dulce hermana. Sus ojos expresivos eran dos estrellas, y su amor, los destellos que emitían. La esperanza y la despreocupación se dibujaban en su frente despejada. A veces incluso se le saltaban lágrimas de alegría al ensalzar la gloria de su señor. Su existencia toda era un sacrificio en su honor, y si en la humildad de su corazón sentía cierta auto- complacencia, ésta nacía de pensar que había hecho suyo al héroe absoluto de su tiempo, y que lo había conservado durante años, incluso después de que el tiempo hubiera apartado del amor su alimento más común. Ella, por su parte, seguía sintiendo exactamente lo mismo que al principio. Cinco años no habían bastado para destruir la deslumbrante irrealidad de su pasión. La mayoría de los hombres rasgaban despiadadamente el velo sagrado de que se reviste el corazón femenino para adornar el ídolo de sus afectos. No así Raymond. Él era un ser encantador, y su reinado jamás menguaba; un rey cuyo poder nunca se suspendía. Aunque se le siguiera por los senderos de la vida cotidiana, el mismo encanto de su gracia y su majestad los adornaba. Tampoco se despojaba jamás de la deificación innata con que la naturaleza lo había investido. Perdita ganaba en belleza y excelencia bajo su mirada. Yo apenas reconocía ya a la hermana abstraída y reservada en la fascinante y abierta esposa de Raymond. Al genio que iluminaba su rostro se sumaba ahora una expresión de benevolencia que confería una perfección divina a su hermosura.