El último hombre
El último hombre Durante los cinco años que habíamos pasado juntos, en la comunión de nuestra dicha, la suerte que había tenido en la vida era tema recurrente de conversación para mi hermana. La costumbre y el afecto natural la llevaban a preferirme a mí, más que a Adrian o a Idris, como interlocutor en aquellas muestras desbordantes de alegría. Tal vez, aunque en apariencia fuéramos tan distintos, algún punto secreto de similitud, consecuencia de la consanguinidad, inducía su preferencia. Con frecuencia, cuando anochecía, paseaba con ella por los senderos umbríos del bosque, y la escuchaba alegre y comprensivo. La seguridad confería dignidad a sus pasiones, la certeza de una correspondencia plena no dejaba lugar en ella para deseos insatisfechos. El nacimiento de su hija, reproducción exacta de Raymond, supuso el colmo de su dicha y creó un vínculo sagrado e indisoluble entre ellos. A veces se sentía orgullosa de que la hubiera preferido a ella a las esperanzas de una corona. En ocasiones recordaba que había experimentado gran angustia cuando él se mostró vacilante en su elección. Pero el recuerdo de aquella desazón no hacía sino subrayar su alegría presente. Lo que había obtenido con esfuerzo le resultaba, una vez alcanzado, doblemente encomiable. Lo observaba desde lejos con el mismo arrobamiento («Oh, no, con un arrobamiento mucho más intenso») que podría sentir alguien que, vencidos los peligros de una tempestad, se viera frente al puerto deseado. Avanzaba a toda prisa hacia él para sentir con más certidumbre, entre sus brazos, la realidad de su dicha. La calidez del afecto de Raymond, sumada a lo profundo de la comprensión de Perdita y a la brillantez de su imaginación la convertían, más allá de la palabras, en un ser adorado por su esposo.