El último hombre

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CAPÍTULO IX

Así de tristes y desordenados eran los pensamientos de mi pobre hermana cuando en ella se disipó toda duda de la infidelidad de Raymond. Sus virtudes y sus defectos se aliaron para que el golpe recibido fuera incurable. El afecto que profesaba por mí, su hermano, por Adrian y por Idris estaba sujeto, en realidad, a la pasión que dominaba su corazón: incluso su ternura maternal tomaba prestada la mitad de sus fuerzas de la dicha que sentía al recrear los rasgos y la expresión de Raymond en el semblante de su hija. Durante su infancia había sido reservada e incluso seria, pero el amor había suavizado las asperezas de su carácter, y su unión con Raymond había hecho que afloraran sus talentos y afectos. Ahora, traicionados unos y perdidos los otros, en cierto sentido retornó a su disposición anterior. El orgullo concentrado de su naturaleza, olvidado durante su sueño de felicidad, salió de su letargo, y con él lo hicieron los colmillos viperinos que llevaba clavados en el corazón. La humildad de su espíritu potenciaba la fuerza del veneno; la estima que sentía por sí misma aumentó mientras se vio distinguida con el amor de su hombre; pero ¿qué valía ahora que él la había apartado de sus preferencias? Se había ufanado de haberlo ganado para sí, y de mantenerlo, pero ahora otra se lo había arrebatado, y su confianza en sí misma se había enfriado más que un carbón empapado de agua.


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