El último hombre

El último hombre

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La que fue reina, princesa de la casa de Austria, llevaba mucho tiempo persuadiendo a su esposo para que se opusiera a los designios de los tiempos. Se trataba de una mujer desdeñosa y valiente, apegada al poder y que sentía un desprecio amargo por el hombre que se había dejado desposeer de su reino. Sólo por el bien de sus hijos consintió en convertirse, desprovista de su rango real, en miembro de la república inglesa. Tras enviudar, dedicó todos sus esfuerzos a la educación de su hijo Adrian, segundo conde de Windsor, para que éste llevara a la práctica sus ambiciosos fines; la leche con que lo amamantó le transmitió ya el único propósito para el que fue educado: reconquistar la corona perdida. Adrian había cumplido ya los quince años. Vivía dedicado al estudio y demostraba unos conocimientos y un talento que excedían los propios de sus años. Se decía que ya había empezado a oponerse a las ideas de su madre y que compartía principios republicanos. Pero por más que así fuera, la altiva condesa no confiaba a nadie los secretos de su educación. Adrian se criaba en soledad, apartado de la compañía que es natural en los hombres de su edad y de su rango. Pero entonces alguna circunstancia desconocida indujo a su madre a apartarlo de su tutela directa; y hasta nuestros oídos llegó que se disponía a visitar Cumbria. Abundaban las historias en las que se daba cuenta de la conducta de la condesa de Windsor en relación con su hijo. Probablemente ninguna de ellas fuera cierta, pero con el paso de los días parecía claro que el noble vástago del último monarca inglés viviría entre nosotros.


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