El último hombre
El último hombre A mi llegada, descubrí que el ejército ya había recibido órdenes de avanzar de inmediato hacia Constantinopla, y que las tropas que menos habían sufrido en la batalla ya se habían puesto en marcha. La ciudad era un hervidero de actividad. Las heridas de Argyropylo, que lo incapacitaban para el mando, convertían a Raymond en comandante de todos los ejércitos. Recorría la ciudad a caballo visitando a los heridos, dando las órdenes necesarias para iniciar el asedio tal como lo había planeado. A primera hora de la mañana, todo el ejército estaba ya en marcha. Con las prisas del momento, apenas tuve tiempo de celebrar los últimos oficios de Evadne. Ayudado sólo por mi asistente, cavé una tumba profunda junto al árbol y, sin despojarla de sus ropas de soldado, la deposité en ella y cubrí el sepulcro con un montículo de piedras. El sol cegador y la intensa luz del día privaron a la escena de toda solemnidad. Desde la tumba de Evadne me uní a Raymond y a su destacamento, que ya se dirigían a la Ciudad Dorada.
