El último hombre
El último hombre Las estrellas todavía brillaban en el cielo cuando desperté, y Tauro, en las alturas del firmamento, me indicó que era medianoche. Había tenido sueños turbadores. Creía que me habían invitado al último banquete de Timón.36 Yo llegaba con gran apetito. Se alzaban las tapaderas, el agua caliente enviaba al aire sus desagradables vapores y yo huía ante la cólera del anfitrión, que adoptaba la forma de Raymond. Mientras, en mi enfermiza ensoñación, los buques que éste enviaba tras de mí aparecían impregnados de fétidos vapores, y la forma de mi amigo, distorsionada de mil maneras, se expandía hasta convertirse en un fantasma gigante, que llevaba escrita en su frente la señal de la peste. Su sombra creciente se elevaba más y más, hinchándose, y parecía querer reventar la bóveda que sostenía y conformaba el mundo. La pesadilla se convertía en tortura: con gran esfuerzo abandoné el sueño e invoqué a la razón para que recobrara las funciones que había suspendido. Mi primer pensamiento fue para Perdita. Debía regresar a ella. Debía apoyarla, llevándole el alimento que aplacara su desesperación y que aliviara su corazón herido, apartándola de los salvajes excesos del dolor mediante las leyes austeras del deber y la suave ternura del pesar.
