El último hombre
El último hombre Así transcurrió el invierno, y la primavera, impulsada por los meses, insufló vida a la naturaleza toda. El bosque se vistió de verde. Las jóvenes terneras pastaban la hierba nueva; las sombras de unas nubes ligeras, llevadas por el viento, recorrían veloces los verdes campos de maíz. El cuclillo repetía su monótono canto; el ruiseñor, ave del amor y compañero de la estrella vespertina, inundaba los bosques con sus trinos, mientras Venus se demoraba en el cálido ocaso y el verdor recién estrenado de los árboles se destacaba sobre el claro horizonte.
La dicha despertaba en todos los corazones, la dicha y la exultación, pues la paz reinaba en todo el mundo. El templo de Jano Universal mantenía cerrados los portones38y ningún hombre murió ese año a manos de otro hombre.
-Si esto dura otros doce meses -dijo Adrian-, la tierra se convertirá en un paraíso. Los esfuerzos del hombre se concentraban antes en la destrucción de su propia especie. Ahora persigue su liberación y preservación. El hombre no es capaz de estarse quieto, y ahora sus aspiraciones traerán el bien en vez del mal. Los países favorecidos del sur se liberarán del yugo de la servidumbre; la pobreza nos abandonará y, con ella, la enfermedad. ¿Qué no han de lograr las fuerzas, nunca hasta ahora unidas, de la libertad y la paz, en la morada del hombre?