El último hombre

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Puede imaginarse que el estado de las cosas debía de ser lo bastante grave como para que aquel espíritu de bondad echara unas raíces tan profundas. La infección se propagaba ahora por las provincias meridionales de Francia. Pero aquel país contaba con tal riqueza de recursos agrícolas que el desplazamiento de la población de un lugar a otro y el aumento de la emigración extranjera tuvieron menos efecto que entre nosotros. El principal daño parecía causado más por el pánico que por la enfermedad y sus consecuencias naturales.

Se convocó al invierno, doctor infalible. Los bosques sin follaje, los ríos rebosantes de agua, las nieblas nocturnas y las escarchas matutinas fueron recibidos con gratitud. Los efectos del frío purificante se sintieron de inmediato y las cifras de muertos en el extranjero se reducían semana tras semana. Muchos de nuestros visitantes nos dijeron adiós. Aquellos cuyos hogares se hallaban situados al sur escaparon encantados de los rigores de nuestro invierno, en pos de su tierra nativa, seguros de hallar en ella abundancia, a pesar de la temible y reciente visita. Volvíamos a respirar. No sabíamos qué nos depararía el siguiente verano, pero los meses que teníamos por delante eran nuestros y depositábamos grandes esperanzas en el fin de la peste.


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