El último hombre

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Su expresión era dura pero denotaba inteligencia: la frente despejada, los ojos grises, despiertos, que parecían protegerse de sus propios planes y de la oposición de los enemigos. Hablaba con voz estentórea y agitaba mucho las manos durante las discusiones, como si con su gigantesco cuerpo quisiera advertir a sus interlocutores de que las palabras no eran sus únicas armas. Eran pocos los que habían descubierto cierta cobardía y una considerable falta de firmeza bajo aquel aspecto imponente. A nadie se le daba mejor que a él aplastar a un adversario más débil, del mismo modo que nadie era más capaz de ejecutar una rápida retirada ante un adversario poderoso. Ése había sido el secreto de su renuncia cuando se produjo la elección de lord Raymond. Aunque la mayoría los desconocía, aquellos defectos podían intuirse apenas en su mirada no siempre franca, en su afán exagerado por conocer las opiniones de los demás, en la poca firmeza de su letra. Ahora él era nuestro Protector. Se había entregado a una feroz campaña para alcanzar el cargo. Su Protectorado iba a distinguirse por la introducción de toda clase de renovaciones tocantes a la aristocracia. Pero había tenido que cambiar aquella tarea por otra muy distinta: la de enfrentarse a la ruina causada por las convulsiones de la naturaleza. Pero no contaba con ningún sistema coherente para abordar aquellos males y se limitaba a solicitar informe tras informe, sin decidirse a poner en práctica solución alguna hasta que todas ellas dejaban de resultar eficaces.


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