El último hombre
El último hombre Regresé a Windsor, en efecto, aunque no con la intención de permanecer allí, sino pensando en obtener el consentimiento de Idris para volver a Londres y asistir a mi extraordinario amigo, compartir con él sus tareas y salvarlo, a expensas de mi vida si era necesario. Sin embargo, la angustia que mi decisión pudiera despertar en mi esposa me preocupaba sobremanera. Me había jurado a mí mismo no hacer nada que lograra ensombrecer su gesto, aunque fuera con un dolor pasajero. ¿Iba a contradecirme en aquella hora de inmensa necesidad? Había emprendido el viaje con grandes prisas, pero al poco hubiera preferido que el desplazamiento se demorara días, meses. Deseaba evitar la necesidad de acción. Anhelaba escapar de los pensamientos de futuro, pero era en vano, pues éstos, como oscuras imágenes fantasmagóricas, se acercaban más y más, hasta que sumían la tierra toda en las tinieblas.
