El último hombre
El último hombre Tras un largo intervalo, el infatigable espíritu que hay en mí me conmina una vez más a proseguir el relato. Pero he de alterar la modalidad que hasta ahora he adoptado. Los detalles contenidos en las páginas anteriores, aparentemente triviales, pesan sin embargo como el plomo en la triste balanza de las aflicciones humanas. Esta tediosa demora en las penas de los otros, cuando las mías las causaba sólo la aprensión; este lento despojarme de las heridas de mi alma; este diario de muerte; este sendero largo y tortuoso que conduce a un océano de incontables lágrimas, me devuelve una vez más a un pesar fúnebre. Había usado esta historia como adormidera; mientras describía a mis amados amigos, llenos de vida y radiantes de esperanza, asistentes activos de la escena, sentía alivio. Todavía mayor habrá de ser el placer melancólico de dibujar el fin de todo ello. Pero los pasos intermedios, el ascenso por la muralla que se alza entre lo que era y lo que es, mientras yo, aún del otro lado, no veía el desierto que se ocultaba más allá, constituye una tarea que desborda mis fuerzas. El tiempo y la experiencia me han elevado hasta una cumbre desde la que contemplo el pasado como un todo: y así es como debo describirlo, recreando los principales incidentes y arrojando luces y sombras para formar un retrato en cuya misma oscuridad se halle armonía.
