El último hombre

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CAPÍTULO III

Felices, tres veces felices fueron los meses, las semanas y las horas de ese año. La amistad, de la mano de la admiración, la ternura y el respeto construyeron una enramada de dicha en mi corazón, hasta entonces silvestre como un bosque no hollado de América, como un viento sin morada, como un mar desierto. Mi sed insaciable de conocimientos y mi afecto sin límites por Adrian se unían para mantener ocupado mi corazón y mi intelecto y, en consecuencia, era feliz. No hay felicidad más verdadera y diáfana que la alegría desbordante y habladora de los jóvenes. En nuestra barca, surcando el lago de mi tierra natal, junto a los arroyos y los pálidos álamos que los flanqueaban; en un valle, sobre una colina, ya sin mi cayado, pues ahora me ocupaba de un rebaño mucho más noble que el compuesto por unas tontas ovejas, un rebaño de ideas recién nacidas, leía o escuchaba hablar a Adrian; y su discurso me fascinaba por igual, ya se refiriera a su amor o a sus teorías sobre la mejora del hombre. A veces regresaba mi ánimo indomable, mi amor por el peligro, mi resistencia a la autoridad. Pero era siempre en su ausencia. Bajo el benévolo influjo de sus ojos, era obediente y bueno como un niño de cinco años, que hace lo que le ordena su madre.


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