El último hombre
El último hombre En el otoño de ese año, 2096, el impulso migratorio se instaló entre los pocos supervivientes que, procedentes de varias partes de Inglaterra, se congregaron en Londres. Se trataba de un impulso que existía como un aliento, un deseo, una idea algo descabellada, hasta que Adrian, una vez tuvo conocimiento de ella, la revistió de ardor y al instante se empeñó en su ejecución. El temor a una muerte inmediata desapareció con los calores de septiembre. Otro invierno se extendía ante nosotros y podíamos escoger el mejor modo de pasarlo. Tal vez, filosóficamente, la emigración fuera el plan más racional, pues nos alejaría del escenario inmediato de nuestra desgracia y, trasladándonos a países agradables y pintorescos, aplacaría por un tiempo nuestra desesperación. Una vez planteada la idea, todos nos mostrábamos impacientes por llevarla a término.
