El último hombre
El último hombre Además Lucy poseía una belleza extraordinaria, de modo que al cumplir los dieciséis años, como era de suponer y a pesar de su pobreza, le surgieron admiradores. Uno de ellos era el hijo de un predicador rural. Se trataba de un joven generoso y sincero, con un ferviente amor por el conocimiento y exento de malos hábitos. Aunque Lucy era iletrada, la conversación y los modales de su madre le habían procurado un gusto por los refinamientos superior al que su situación actual le permitía gozar. Amaba a aquel joven incluso sin saberlo, aunque sí sabía que ante cualquier dificultad recurría a él de modo natural, y también que los domingos despertaba con un aleteo en el corazón, pues sabía que él vendría a buscarla y la acompañaría en el paseo semanal que daba con sus hermanas. La joven contaba con otro admirador, uno de los camareros de la posada de Salt Hill. Tampoco él carecía de pretensiones de superioridad urbana, aprendida de los criados y las doncellas de los señores que, iniciándolo en la jerga del servicio de la alta sociedad, añadía vehemencia a un carácter ya de por sí arrogante. Lucy no lo rechazaba, era incapaz de algo así. Pero se sentía mal cuando lo veía acercarse y resistía calladamente todos sus intentos de establecer una intimidad entre ambos. El joven no tardó en descubrir que ella prefería a su rival, y aquel hecho convirtió lo que en un principio no había sido más que una admiración casual en una pasión que se alimentaba de envidia y del deseo vil de privar a su competidor de la ventaja que disfrutaba respecto de él.