El último hombre
El último hombre Tras un descanso de varios días celebramos un consejo para decidir nuestros movimientos futuros. Nuestro primer plan había sido abandonar nuestras latitudes natales, sumidas en el invierno, y ofrecer a nuestra escasa población los lujos y las delicias de un clima meridional. No habíamos establecido un lugar concreto como destino de nuestro vagar, pero en la imaginación de todos flotaba la imagen vaga de una eterna primavera, campos fragantes y arroyos cantarines. Varias causas nos habían detenido en Inglaterra y ya nos encontrábamos a mediados de febrero. Si seguíamos adelante con nuestro plan, podíamos vernos en una situación peor que la anterior, pues cambiaríamos nuestro clima habitual por los calores intolerables de los veranos en Egipto o Persia. De modo que nos vimos obligados a alterar nuestro proyecto, dadas las inclemencias del tiempo, y se decidió que aguardaríamos la llegada de la primavera donde nos encontrábamos, y que luego pondríamos rumbo a Suiza para pasar los meses estivales en sus gélidos valles, dejando para el siguiente otoño nuestro avance hacia el sur, si es que vivíamos para contemplar esa nueva estación.
