El último hombre

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CAPÍTULO VI

Y así, plagado de percances, transcurrió el invierno, alivio de nuestros males. Gradualmente el sol, que con sus haces oblicuos había ido ganando terreno al dilatado reino de la noche, alargaba su viaje diurno y ascendía al trono más elevado, prodigando al instante una nueva belleza sobre la tierra y permitiendo la existencia de su amante. Nosotros, que como las moscas que se congregan sobre una roca en la bajamar habíamos jugado caprichosamente con el tiempo, permitiendo que nuestras pasiones, nuestras esperanzas y nuestros deseos insensatos nos gobernaran, oíamos ahora el rugido de aquel océano de destrucción que se aproximaba, y debíamos huir volando en busca de alguna grieta protegida antes de que la primera ola rompiera contra nosotros. Sin más demora resolvimos emprender nuestro viaje a Suiza. Nos sentíamos impacientes por abandonar Francia. Bajo las bóvedas heladas de los glaciares; a la sombra de unos abetos tan cubiertos de nieve que el viento no mecía sus ramas; junto a unos arroyos tan fríos que proclamaban que su origen se hallaba en la fusión del agua congelada de las cumbres; entre tormentas frecuentes que purificaban el aire, encontraríamos salud, a menos que la salud misma hubiera enfermado.


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