El último hombre
El último hombre En soledad, lejos de los lugares más frecuentados, maduraba sus ideas para la reforma del gobierno inglés y la mejora del pueblo. Todo habría ido bien si hubiera mantenido ocultos sus sentimientos hasta que se hubiera visto en posesión del poder que aseguraría su desarrollo práctico. Pero era impaciente ante los años que debía esperar y sincero de corazón, y no conocía el miedo. No sólo se negó de plano a los planes de su madre, sino que dio a conocer su intención de usar su influencia para minimizar el poder de la aristocracia, alcanzar una mayor igualdad en riquezas y privilegios e introducir en Inglaterra un sistema perfecto de gobierno republicano. En un primer momento su madre consideró aquellas teorías como los sueños desbocados de la inexperiencia. Pero los exponía tan sistemáticamente y los argumentaba con tal coherencia que, aunque aún parecía mostrarse incrédula, empezó a temerle. Trató de razonar con él pero, al saberlo inflexible, aprendió a odiarlo.