El último hombre
El último hombre Por raro que parezca, aquel sentimiento resultó ser contagioso. Su entusiasmo por un bien que no existía; su desprecio por lo sagrado de la autoridad; su ardor e imprudencia, se hallaban en los antípodas de la rutina habitual de la vida; los más mundanos lo temían; los jóvenes e inexpertos no comprendían la férrea severidad de sus opiniones morales, y desconfiaban de él por considerarlo distinto a ellos. Evadne participaba, aunque fríamente, de sus teorías. Creía que hacía bien en manifestar su voluntad, pero hubiera preferido que ésta resultara más inteligible a las multitudes. Ella carecía del espíritu del mártir y no le entusiasmaba la idea de tener que compartir la vergüenza y la derrota de un patriota caído. Conocía la pureza de sus motivos, la generosidad de su carácter, la verdad y el ardor de los sentimientos que le profesaba, y ella, a su vez, le tenía gran afecto. Él le devolvía aquella dulzura con la mayor de las gratitudes y la convertía en custodia del tesoro de sus esperanzas.