El último hombre

El último hombre

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Abandonamos Como y, en cumplimiento del mayor deseo de Adrian, nos dirigimos a Venecia en nuestro camino hacia Roma. Había algo en esa ciudad entronizada en una isla, rodeada de mar, que resultaba particularmente atractiva a los ingleses. Adrian no la había visitado antes. Descendimos en barca siguiendo los cursos del Po y el Brenta. De día el calor resultaba insoportable, de modo que descansábamos en los palacios que hallábamos junto a las orillas y viajábamos de noche, cuando la oscuridad borraba las orillas y difuminaba nuestra soledad; cuando la luna errante iluminaba las ondas que se dividían al paso de la proa y la brisa nocturna hinchaba nuestras velas, y el murmullo de la corriente, el rumor de los árboles y el crujir de la lona se unían en armoniosa cadencia. Clara, presa del dolor durante tanto tiempo, había abandonado en gran medida su tímida reserva y recibía nuestras atenciones agradecida y tierna. Cuando Adrian, con fervor poético, declamaba sobre las gloriosas naciones de los muertos, sobre la tierra hermosa y el destino del hombre, ella se acercaba a él, sigilosa, y se empapaba de sus palabras con mudo placer. Desterrábamos de nuestras conversaciones, y en la medida de lo posible de nuestras mentes, la idea de nuestra desolación. Y al habitante de cualquier ciudad, a quien morara entre una multitud ajetreada, le resultaría increíble constatar hasta qué punto lo lográbamos. Como un hombre confinado en una mazmorra, cuya única rendija de luz, minúscula y cubierta por una reja, oscurece al principio, más si cabe, la escasa claridad, hasta que el ojo se acostumbra a ella y el preso, adaptándose a su escasez, descubre que un mediodía luminoso visita su celda, así nosotros, tríada única sobre la faz de la tierra, nos multiplicábamos unos a otros hasta alcanzar la totalidad. Nos alzábamos como árboles cuyas raíces el viento arranca, pero que se sostienen unos a otros apoyándose y aferrándose con fervor creciente mientras aúllan las tormentas invernales.


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