El último hombre
El último hombre Así pasé todo el día. Cada momento contenía una eternidad, aunque cuando todas sus horas hubieron transcurrido me asombré de que el tiempo pasara tan velozmente. Y sin embargo ni siquiera entonces había bebido toda la poción amarga. Aún no estaba convencido de mi pérdida. Todavía no sentía en todos mis latidos, en todos mis nervios, en todos mis pensamientos, que era el único superviviente de mi raza, que era el último hombre.
Las nubes regresaron al atardecer y apenas se puso el sol empezó a lloviznar. Me pareció que incluso los cielos eternos lloraban mi desdicha. ¿Podía ser entonces motivo de vergüenza que un hombre mortal derramara lágrimas? Recordé las fábulas antiguas en que los seres humanos, con su llanto, se convertían en fuentes de caudal constante. ¡Ah! ¡Si así pudiera ser! Mi destino, entonces, se asemejaría en algo a la muerte húmeda de Adrian y Clara. La pena es fantástica, pues teje una tela en que trazar la historia de su desgracia a partir de todas las formas que nos rodean, de todos los cambios que presenciamos; se introduce en todos los objetos de la naturaleza viva y halla sustento en todo. Como la luz, todo lo baña, y como la luz, a todo transmite sus colores.